Las ilusiones del capitalismo contemporáneo

Por: David Américo Alvarado

Dentro de los debates impostergables, pero olvidados hoy por la izquierda, se encuentra en un lugar destacado, el debate sobre la ética y su pertinencia en los procesos políticos de emancipación de los pueblos. Las razones de este olvido pueden variar, pero sugerimos dos hipótesis sobre las cuales sustentaremos este artículo: la primera es que la izquierda considera que la ética es un problema de segundo orden porque la concibe tal como el liberalismo la ha determinado, como mera normatividad abstracta. Por ello considera que no tienen nada que buscar en ese terreno. La segunda es que cierta corriente mecanicista del marxismo, desestimó toda labor de la conciencia en los procesos sociales, confinándola a ser un mero reflejo de la práctica social. Fuera de ambos prejuicios, creemos que es posible rehabilitar el debate sobre la ética en el seno de las izquierdas.

La concepción dominante de la ética: bases teóricas de una sociedad anti ética

La ética que sostiene el actual orden mundial, es meramente formal. Las relaciones materiales variables e históricas en donde acontecen los sucesos reales de profunda injusticia social, son justamente el límite de esa ética. Por ello, la primera hipótesis plantea que así concebida, la izquierda considera que no tiene nada que buscar en ese terreno, dejándole el camino libre al neoliberalismo, quien se ha apropiado del discurso ético como principios regulatorios de su sistema político. De hecho, la filósofa española Adela Cortina, quien es una de las más influyentes representantes actuales en Europa de la ética liberal, considera que el fin último de la ética del discurso es crear normas universales aplicables a todas las naciones y culturas. Nada importa su factibilidad concreta de realización, lo importante es que sea posible su universalidad formal. Una ética que se sustente en principios materiales que permitan resolver las contradicciones reales que oprimen a los seres humanos, es un obstáculo para esa pretensión de universalidad, y por ello no es un problema al que deba dedicársele esfuerzo alguno.

Sobre la base de esta concepción, surge como el mayor de los éxitos de la ética formal, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que condensa en 30 artículos las normas para un mundo armonioso justo y bueno. Pero, cuando se vuelve la mirada al mundo real, éste no es ni bueno, ni justo. Los liberales más progresistas responden que esto se debe a que no se cumplen los derechos que contempla dicha declaración, y que se trata es de hacer un llamado a la conciencia de quienes detentan los poderes, pues para eso sirven las normas declarativas de la ética, para ser una “orientación para la acción y un canon para la crítica” (Cortina) que orienten las acciones políticas de los gobiernos y llamen la atención a su no cumplimiento.

 La verdad es que tales declaraciones no superan los grandes problemas de las sociedades, porque el fin último de esos derechos normativos, no son en realidad las personas vivientes que padecen los malestares de esta sociedad, sino el medio que esas personas poseen para poder acceder a esos derechos. Es decir, en la medida en que los derechos humanos universales son una mercancía, el fin último es el dinero que poseen esos seres humanos. Por tanto, se revela que antes que derechos, realmente son servicios, mayormente ofrecidos por compañías privadas que acumulan capital a partir de las necesidades más básicas de las personas. En este sentido Hendrik Vaneeckhaute escribe su genial Declaración Universal de los Derechos del Capital (2003) que realizó, justamente para develar que esta declaración ética de 1948 no es más que el marco de los derechos del capital.

La ética formal, como herramienta normativa del liberalismo, no es más que el marco de justificación de los malestares que el modo de producción capitalista genera. La prioridad sobre el debate actual en torno a la ética en Europa, es una manifestación de ello. Nada tienen que decir los grandes éticos del liberalismo sobre la situación de los emigrantes en el continente, y en particular, respecto al reciente “decreto Salvini” en el que se prohíbe colaborar con los emigrantes que llegan a Italia desde el mediterráneo, confinándolos a su muerte.  En cambio, los grandes debates de hoy sobre la ética en Europa, se están generando en torno a la creciente emergencia de la inteligencia artificial, y de cómo programarle nuestra ética a los robots que prometen convivir prontamente con nosotros. Lo que, por demás, deja mucho que desear sobre la concepción ética del liberalismo, que es tan escueta y parcelarizada que puede ser condensada en unos cuantos algoritmos funcionales al comportamiento normal y armonioso de las máquinas en este mundo de injusticia.

La izquierda y su apertura hacia una recuperación de la ética

Cierta corriente de la izquierda que atribuye todo a los “factores objetivos de la historia” en el devenir de los procesos revolucionarios, anula campantemente el papel de la conciencia social y comunitaria en dichos procesos. Como lo establece la segunda hipótesis, esto producto de cierta herencia mecanicista del “marxismo oficial que subsumió lo teórico en lo práctico, y con esto lo subjetivo en lo objetivo. Cuando se mutila la subjetividad colectiva en la política, se van con ella todos los elementos internos y teóricos que constituyen a la praxis humana, entre ellos, la constitución ética de las personas. Cuando esto ocurre, se pierde la posibilidad de la actuación política a partir de criterios prácticos conscientes inviolables que determinen el carácter ético de dichas prácticas políticas en función de esos criterios.

A este respecto, surge la necesidad de recuperar el sentido práctico y útil de la ética en las luchas revolucionarias, que puedan orientar las acciones políticas hacia objetivos prefigurados que funcionen como normas fundamentales inviolables en favor de la emancipación de la clase oprimida.

Este principio práctico, que rehabilita la importancia de la ética en los procesos políticos emancipatorios, es la vida y su conservación. Este es el gran aporte de Enrique Dussel tras el intento de recuperar esta discusión. Por tanto, el primer fundamento ético debe ser siempre la vida, pero no individual, sino en comunidad. Todas las acciones políticas que atenten contra la vida, que la desmejoren y la pongan en riesgo, serán acciones injustas y por tanto anti éticas. Con este criterio se revela el carácter injusto del capitalismo, que sustenta su sistema de funcionamiento sobre la base del desgaste de la vida de la clase trabajadora, y que aumenta su tasa de ganancia a partir de la extracción de plusvalía, en tanto robo de la fuerza humana de trabajo gastada en el proceso de trabajo.

A este primer principio de la ética, le sigue uno segundo: “la participación simétrica de los afectados” (Dussel). Es decir, las grandes mayorías que padecen las injusticias del capitalismo, deben participar protagónicamente en su emancipación. Esto implica la necesidad de que la izquierda sea garante de una democracia verdaderamente protagónica y participativa, que salga de los parámetros formales que mantienen el orden opresor del Estado capitalista actual. Por eso, la ética lejos de tratarse del “rescate de los valores”, de los “actos buenos en sí” y todas esas abstracciones que impuso la teoría axiológica del liberalismo, de lo que se ocupa es de orientar conscientemente las acciones de los sujetos políticos hacia la transformación de las condiciones que oprimen y dañan la vida de los pueblos, y de construir alternativas que permitan garantizar la participación activa de quienes padecen la opresión en esas relaciones existentes. La ética no se opone a la praxis, es justamente un elemento teórico de ella.

Ahora bien, este criterio ético no es un instrumento para juzgar sólo los actos de los “enemigos políticos”, tiene que ser aplicable a los propios actos de la izquierda. La izquierda puede justificar la ética si también ella misma es ética, el principio de la afirmación y cuidado de la vida no se puede detener ante nada ni nade, pues es un principio normativo. La índole o extensión a la que no se aplica este principio, revela su inconsecuencia y su propia falta de ética.

Ética y poder

Según este principio, es fácil caracterizar a las luchas auténticamente revolucionarias de la izquierda popular (la que aún no detenta el poder político), como luchas éticas. Éstas manifiestan el proceso de superación de las injusticias materiales, culturales, etc que impone el sistema dominante. Pero ¿cómo juzgar éticamente a la izquierda cuando es ella la que tiene el poder político? Es en este punto donde comienza a tener más importancia toda esta discusión sobre la ética. Hay un primer criterio ético al que parece obedecer la conquista del poder político: que dicho poder debe ser el resultado del proceso de lucha revolucionaria anterior. Cuando esta idea es la que impera, ocurre lo que explica Marx en el proceso del trabajo: “el proceso se extingue en el resultado”, quedando sólo una expresión cosificada de ese proceso en el producto de las luchas revolucionarias. Es decir, las luchas revolucionarias se extinguen en la conquista del poder político. De ninguna manera esto tiene por qué ocurrir fatalmente, pero es factible cuando el fin último consciente de los actores principales de las luchas de la izquierda es la toma del poder. De allí en adelante la labor es conservarlo a como dé lugar, pues es su conquista histórica. La pelea por el mantenimiento del poder, por el poder en sí, debe llevar necesariamente a pactos y alianzas que garanticen ese objetivo supremo. Cuando así ocurre, se ponen en alto riesgo los objetivos revolucionarios que dieron origen al poder político constituido en un gobierno. No pretendemos regresar a concepciones ingenuas del poder, las alianzas en ciertas coyunturas puede que sean inevitables, pero cuando hay una constitución ética clara, éstas no desmejoran la vida del pueblo, y mucho menos desfavorecen la participación protagónica de la comunidad.

 Cuando el favorecimiento de la vida comunitaria es el objetivo de las decisiones políticas, quiere decir que son decisiones éticamente correctas. Ahora, cuando las alianzas sólo favorecen al mantenimiento del poder, por el poder en sí, en detrimento de la vida del pueblo, y en direcciones que debiliten su participación protagónica en la resolución de sus problemas comunitarios, los actos son anti éticos, pues violan el principio normativo que debe siempre imperar en las decisiones políticas de quienes tienen el poder de llevarlas a cabo. Se pudiera reprochar que no es un principio ético el que marca el rumbo de las decisiones políticas, sino, la composición de clase de ese gobierno. Pero, si ese gobierno es producto de un proceso auténticamente revolucionario, cuando el nivel de alianzas y pactos que se hagan, llegan a cambiar la constitución de clase del gobierno, esto también es producto de falta de ética. Nos parece que el gobierno no cambia su composición de clase por arte de magia, tienen que haber un proceso progresivo de entrega, mediado por la finalidad de que esos actores satisfagan sus intereses particulares a cambio de ser aliados en el mantenimiento del poder, que se ha fetichizado al punto de no quedar rastros de su condición revolucionaria que le dio vida.

En cambio, cuando la finalidad última consciente de las y los actores de los procesos revolucionarios, no es la toma del poder, sino transformar radicalmente las condiciones que oprimen a las personas, y la transformación del Estado que impide su participación democrática real, el poder se revela como el medio necesario para llevar a cabo este objetivo.

 Lo dicho hasta ahora no pretende ser definitivo, todo lo contrario, es la provocación a rehabilitar la discusión sobre la ética y su papel determinante en las luchas actuales protagonizadas por la izquierda.


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